La doctrina epicúrea: átomos, placer y el arte de vivir bien
Epicuro de Samos (341–270 a. C.) fundó una de las escuelas filosóficas más influyentes del periodo helenístico: el epicureísmo. Aunque Epicuro es ampliamente conocido por su doctrina hedonista —según la cual la felicidad consiste en el placer—, no lo es tanto por sus principios metafísicos ni por la manera en que, según este filósofo, dichos principios fundamentan su ética hedonista. En este ensayo examinaremos algunas de las conexiones más relevantes entre la metafísica y la ética epicúrea. Veremos cómo el conocimiento de la constitución del universo y de la materia permite a los epicúreos evitar las preocupaciones y el dolor físico y, de este modo, vivir mejor.
- El placer como fundamento de la ética epicúrea
La ética epicúrea se basa en una tesis central: el placer es lo que nos permite alcanzar la felicidad, mientras que el dolor es lo que produce la infelicidad. De ello se sigue que debemos procurar el placer y evitar el dolor. Esta doctrina recibió severas críticas en la antigüedad, tanto por parte de la gente común —que veía en estas ideas poca consonancia con las buenas costumbres— como por parte de los filósofos estoicos, platónicos y seguidores de Aristóteles, quienes defendían la importancia de la virtud como un bien en sí mismo.
Sin embargo, más allá de si la doctrina epicúrea resulta o no aceptable, es importante comprenderla con mayor precisión. El epicureísmo no se reduce a un burdo enaltecimiento del placer frente al dolor, como ocurre con algunas formas contemporáneas de hedonismo. Se trata, por el contrario, de una doctrina notablemente matizada.
Epicuro, por ejemplo, no recomendaba las juergas ni el desenfreno. Como él mismo afirma:
Ni las juergas continuas ni los placeres de adolescentes y mujeres, ni los del pescado y los restantes manjares que ofrece una mesa suntuosa, originan una vida gozosa, sino un sobrio razonamiento que, por un lado, investiga los motivos de toda elección y rechazo y, por otro, descarta las suposiciones por culpa de las cuales se apodera de las almas una confusión de muy vastas proporciones (Carta a Meneceo, 132).
La razón para rechazar este tipo placeres es que suelen llevarnos al dolor a largo plazo. Para entender este punto es necesario darle un vistazo a la clasificación que hace Epicuro de los placeres.
- La clasificación epicúrea de los placeres
Una prueba clara de la sofisticación del hedonismo epicúreo es la clasificación que Epicuro establece de los placeres. Según Epicuro, los placeres se dividen, en primer lugar, en naturales y no naturales (Carta a Meneceo, 127). Los placeres naturales se subdividen, a su vez, en necesarios y no necesarios, mientras que los placeres no naturales son, en su mayoría, innecesarios.
Para llevar una vida feliz, sostiene Epicuro, debemos cultivar únicamente los placeres naturales y necesarios, y relegar los no necesarios y los no naturales, pues estos tienden a producir más dolor a largo plazo, a menudo en proporción directa con la intensidad del placer inicial.
Entre los placeres naturales y necesarios se encuentran beber agua, comer, dormir y no pasar frío. Se los denomina “necesarios” porque son indispensables para la preservación de la vida. Los placeres naturales, pero no necesarios, cumplen también una función relacionada con la supervivencia, aunque incorporan elementos superfluos, como deleitarse con comidas refinadas y vistosas, habitar en un palacio bien amueblado o acompañar continuamente la comida con vino.
Los placeres no naturales y no necesarios son aquellos creados por los seres humanos y que no resultan indispensables para la supervivencia. Algunos ejemplos son el afán por acumular riquezas, el deseo de popularidad o la satisfacción de ejercer poder sobre otros. Epicuro advierte que este tipo de placeres no solo no es necesario para vivir bien, sino que puede resultar perjudicial. Mientras que los placeres naturales y necesarios producen un placer puro (katastemático), sereno y estable, los placeres no naturales suelen ser desordenados y conducir al dolor, ya sea de manera inmediata o a largo plazo. El placer puro nunca implica dolor, pues no consiste en una actividad intensa, sino en la ausencia misma del sufrimiento. En este sentido, Epicuro afirma: “tenemos necesidad del gozo solo cuando sentimos dolor por su ausencia; pero cuando no sentimos dolor, ya no necesitamos del gozo (Carta a Pitocles, 128).
Entre los placeres naturales y necesarios, Epicuro distingue entre los placeres físicos y los placeres mentales. Los primeros consisten, fundamentalmente, en la ausencia de dolor corporal, mientras que los segundos se identifican con la ausencia de preocupaciones. Para conservar el placer físico—la aponía—basta con satisfacer los placeres naturales y necesarios. Para alcanzar la tranquilidad del ánimo o ataraxia, es decir, el placer mental, debemos liberarnos de las preocupaciones. Esto solo es posible, según Epicuro, si abandonamos las ideas erróneas que tenemos sobre la naturaleza, tarea para la cual resulta indispensable su metafísica.
- Los fundamentos metafísicos del epicureísmo
El principio central de la metafísica epicúrea sostiene que la naturaleza —el universo en su totalidad— está compuesta exclusivamente por dos elementos: los átomos y el vacío, ambos infinitos (Sobre la naturaleza, 13). Asimismo, Epicuro afirma que los átomos se mueven y continuarán moviéndose eternamente.
Ahora bien, cabe preguntarse por qué estos principios metafísicos son relevantes para una vida feliz, si —como sostiene Epicuro— basta con procurarnos placeres naturales y necesarios como la comida, la bebida y el abrigo. La respuesta es que el conocimiento de la naturaleza resulta esencial para disipar la angustia y el dolor que surgen de las preocupaciones relacionadas con los dioses y con la muerte. Son necesarios para alcanzar la tranquilidad del animo o ataraxia.
- Metafísica, dioses y libertad: la base del hedonismo epicúreo
Si el universo es infinito, como sostiene Epicuro, entonces los dioses no son sus creadores ni sus guardianes. En la época de Epicuro existía un clima generalizado de miedo e incertidumbre frente al futuro, debido principalmente a la pérdida de la libertad política de los griegos a manos de Macedonia. Muchos ciudadanos creían que estas desgracias eran castigos divinos y temían que aún pudieran sobrevenir males peores.
Frente a este temor, Epicuro argumenta que, si los dioses no crearon ni preservan el universo, tampoco tienen motivos para interesarse por la vida humana. A esto añade una razón más: la naturaleza bienaventurada de los dioses implica que viven libres de toda preocupación. Preocuparse por los asuntos humanos implicaría experimentar ira, tristeza o turbación del ánimo y, en última instancia, dolor. Esta conclusión entra en conflicto, según Epicuro, con nuestra idea previa (prolepsis) de que los dioses son perfectamente felices.
La metafísica epicúrea también pretende liberarnos del miedo a la muerte. Los seres humanos, sostiene Epicuro, no tememos tanto a la muerte en sí misma como a la creencia de que la muerte es un mal que nos causará dolor. Frente a esta idea, Epicuro responde que la muerte no debe preocuparnos, pues estamos compuestos de átomos. Todo lo que existe—incluidos los seres humanos—está formado por átomos que se agrupan y se disgregan continuamente. Aunque Epicuro admite que los humanos poseen alma, niega que esta sea una entidad espiritual separada del cuerpo, como pensaba Platón. El alma es, más bien, una realidad corporal compuesta por átomos más sutiles que los del cuerpo, y es la fuente de nuestra sensibilidad al placer y al dolor (Carta a Heródoto, 62).
Así como el cuerpo se desintegra con la muerte, el alma también se disuelve. Y dado que toda sensación depende del alma, una vez desintegrada esta ya no podemos sentir ni placer ni dolor. Por ello, no hay razón para temer a la muerte. Epicuro expresa esta idea con claridad en el siguiente pasaje: “la muerte no tiene nada que ver con nosotros, porque todo bien y todo mal radica en la sensación, y la muerte es la privación de la sensación” (Carta a Meneceo, 124). En otras palabras, “la muerte no tiene nada que ver con nosotros, pues el ser, una vez disuelto, es insensible, y lo insensible no tiene nada que ver con nosotros” (Máximas capitales, III, 139).
Finalmente, Epicuro sostiene que los átomos se mueven eternamente por tres causas: su peso, las colisiones entre ellos y un tipo especial de desviación no determinista (párenklisis). Esta desviación introduce un margen de indeterminación en la naturaleza y permite pensar que no todo está causalmente determinado. Gracias a ello, se abre espacio para el libre albedrío, condición indispensable para poder elegir qué placeres conviene buscar y cuáles evitar.
De este modo, la metafísica epicúrea proporciona el fundamento de su ética hedonista: “sin la ciencia de la naturaleza no es posible obtener placeres puros” (Máximas capitales, XII, 142).
Desde luego, es discutible que el placer y el dolor constituyan la base última de la moralidad, o que virtudes como la justicia, el valor y la templanza —tan defendidas por Sócrates, Platón y Aristóteles— sean solo medios para alcanzar placeres puros (Cooper, 273). También resulta problemático pensar que unos dioses perfectamente felices carezcan por completo de interés en los asuntos humanos.
Con todo, el siguiente consejo de Epicuro sobre el deseo y la felicidad conserva su vigencia hasta hoy:
Ante cualquier deseo deberíamos plantearnos la siguiente pregunta: ¿qué me sucederá si se cumple el objeto de mi deseo, y qué ocurrirá si no se cumple? (Máximas vaticanas, 71).
Referencias
Cooper, J. M. (2012). Pursuits of wisdom: Six ways of life in ancient philosophy from Socrates to Plotinus. Princeton University Press.
Epicuro. (2012). Obras completas (J. Vara, Ed.). Cátedra. (Obra original publicada en 1995).
Lucrecio, T. C. (1744). De rerum natura.
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