Los fundamentos metafísicos del epicureísmo
1. Epicuro y el origen de su doctrina
Epicuro es reconocido como uno de los grandes filósofos fundadores de una de las tres principales escuelas filosóficas de la época helenística: el epicureísmo. Es conocido sobre todo por su ética hedonista, es decir, por la idea de que el placer conduce a una vida feliz. Sin embargo, su metafísica ha recibido mucha menos atención, a pesar de constituir el soporte fundamental sobre el cual se edifica su ética. Como el propio Epicuro afirma:
El fin del conocimiento de los cuerpos celestes, explicados bien en conexión con otros cuerpos o bien en sí mismos, no es otro que la imperturbabilidad y una seguridad firme, del mismo modo que lo es el fin del conocimiento relativo a las demás cosas (Carta a Pitocles, 84).
Hijo de colonos atenienses, Epicuro nació y creció en la isla de Samos, donde estudió platonismo bajo la dirección del filósofo Pánfilo. A los dieciocho años, en virtud de su condición de ciudadano ateniense, viajó a Atenas para cumplir con el servicio militar obligatorio. Posteriormente, en la ciudad de Teos, aprendió los principios de la filosofía escéptica y atomista de Demócrito y Pirrón bajo la tutela de Nausífanes (a quien más tarde acusaría de ser un charlatán). Más tarde, en Lampsaco, entró en contacto con la filosofía de Anaxágoras, especialmente con sus ideas sobre la infinitud del universo y el papel del movimiento en la formación y disolución de los cuerpos.
Cuatro años después fundó su propia escuela filosófica en la ciudad de Mitilene, en la isla de Lesbos. Debido a sus ideas controvertidas sobre los dioses y a su énfasis en una ética hedonista basada en el placer, se vio obligado a trasladarse a Atenas, donde, a los treinta y cinco años, fundó su célebre escuela, conocida como El Jardín, en el año 306 a. C. Allí defendió, entre otras tesis polémicas, una ética hedonista, la infinitud de los mundos y la idea de que el universo no tiene principio ni fin. Pero ¿cómo llegó Epicuro a estas conclusiones?
2. Los principios metafísicos básicos del epicureísmo
La idea central de la filosofía de Epicuro es que el universo es un todo y está formado exclusivamente por átomos y vacío. Estos no tienen un comienzo temporal ni espacial y se encuentran en constante movimiento. En términos generales, la doctrina epicúrea sostiene tres tesis fundamentales:
- El universo es infinito, es decir, carece de límites espaciales y temporales;
- El universo está compuesto por dos entidades básicas: el vacío y cuerpos fundamentales o átomos, los cuales poseen peso, tamaño y forma, y a partir de los cuales se constituyen todos los cuerpos compuestos;
- Los átomos se mueven eternamente.
Este movimiento atómico se produce de tres maneras distintas: los átomos caen paralelamente a la misma velocidad debido a su peso, colisionan entre sí y se desvían ocasionalmente de su trayectoria a causa de un principio no determinista, es decir, aleatorio. Lucrecio, siguiendo fielmente la doctrina epicúrea, denomina a esta desviación “viraje” (parenklisis) (Libro II, 216–293).
Pero ¿cómo llegó Epicuro a sostener estas tesis, y no otras, sobre la naturaleza del universo?
- La evidencia a favor de los principios epicúreos
Una primera respuesta se encuentra en su teoría del conocimiento. Para Epicuro, existen únicamente tres fuentes de conocimiento: las sensaciones (aisthesis), los sentimientos (pathē: placer y dolor) y las preconcepciones (prolepsis: aprehensiones instintivas sobre la naturaleza de las cosas) (Carta a Heródoto, 38).
Su ética hedonista se apoya principalmente en los sentimientos de placer y dolor, mientras que sus principios metafísicos se fundamentan en inferencias a partir de las sensaciones y las preconcepciones, pues “todo lo comprobado directamente por la sensación o captado por aprehensión mediante la inteligencia es verdadero, tanto lo uno como lo otro” (Carta a Heródoto, 62).
En lo que respecta a la infinitud del universo, Epicuro argumenta que nuestras sensaciones muestran que los cuerpos no surgen de la nada ni desaparecen sin dejar rastro. En sus palabras:
Nada nace de lo que no existe, puesto que, si así fuera, cualquier cosa habría nacido de cualquier cosa, sin necesitar para nada semilla alguna. Por otro lado, si las cosas que van desapareciendo se consumieran pasando a lo que no existe, entonces también todas las cosas habrían perecido al no existir las cosas en que disolverse (carta a Heródoto, 39).
Idea notablemente cercana al principio moderno de conservación de la materia y la energía. A partir de la observación de que los cuerpos no se generan espontáneamente —“nada nace de lo que no existe” (Carta a Heródoto, 38)—, Epicuro infiere que el universo no tuvo un comienzo. Del mismo modo, dado que no observamos la aniquilación total de los cuerpos —pues, de lo contrario, “todas las cosas habrían perecido” (Carta a Heródoto, 38)—, concluye que el universo no puede tener un fin.
Epicuro defiende la infinitud del universo no solo apelando a la sensación, sino también a nuestras preconcepciones. Argumenta que la noción de un límite absoluto resulta absurda: si algo tiene un límite, debe existir algo que lo limite. Pero aquello que limita también requeriría, a su vez, otro límite, y así sucesivamente hasta el infinito. Aplicado al universo, este razonamiento conduce a una contradicción, por lo que se concluye que el universo no puede ser finito.
El segundo principio fundamental de la metafísica epicúrea sostiene que los cuerpos están compuestos por átomos, los cuales poseen tres características básicas: peso, tamaño y forma. Epicuro infiere la existencia de los átomos y del vacío a partir de diversos fenómenos sensibles. Observamos, por ejemplo, que los cuerpos no se destruyen por completo, sino que se transforman. Además, aunque todo cambia, percibimos cierta estabilidad en los objetos (Carta a Heródoto, 54). Esta estabilidad solo puede explicarse si postulamos la existencia de elementos básicos e inalterables.
Otra razón para afirmar la existencia de los átomos es que los cuerpos compuestos presentan cualidades accidentales que, en términos contemporáneos, podríamos llamar “propiedades secundarias”, como el color y la maleabilidad, cuya explicación resulta difícil sin postular la existencia de cuerpos mínimos. Asimismo, constatamos que los cuerpos se forman y se desintegran continuamente: los árboles se reducen a cenizas en un incendio, y los seres humanos fabricamos y descomponemos artefactos de manera constante. Estos procesos serían ininteligibles si no existieran componentes que pudieran agruparse y separarse.
Epicuro ofrece aún otra razón: no observamos cuerpos infinitamente grandes ni cuerpos que se destruyan por completo. Si los átomos fueran infinitos en tamaño, los cuerpos compuestos también lo serían; si fueran infinitamente pequeños, los cuerpos visibles no podrían existir. Dado que ninguno de estos casos se da, debemos concluir que los átomos poseen un tamaño finito.
El tercer principio fundamental del epicureísmo es que los átomos se encuentran en movimiento constante y perpetuo. Las razones para sostener esta tesis son similares a las que justifican la existencia de los átomos: percibimos cambio por doquier. Los objetos se transforman, se desintegran y dan lugar a nuevas configuraciones una y otra vez. Los átomos persisten a través de estos cambios y, gracias a su movimiento, hacen posible la transformación continua de los cuerpos. Incluso el tiempo mismo es prueba del movimiento, pues como declara Lucrecio: “el tiempo no subsiste por sí mismo: la existencia continua de los cuerpos nos hace que distinguen los sentidos lo pasado, presente, y lo futuro; ninguno siente el tiempo por sí mismo” (Lucrecio, 600).
- Otras consecuencias de la metafísica epicúrea
A partir de los tres principios metafísicos fundamentales, Epicuro extrae varias conclusiones relevantes. Una de ellas es que, si el universo es infinito, no existen dioses que lo hayan creado o que se ocupen de preservarlo, pues la infinitud temporal excluye un comienzo absoluto. Además, al ser el universo un todo completo, no es posible añadirle ni quitarle nada.
Quizá la consecuencia más polémica de esta doctrina sea la afirmación de que existen infinitos mundos (Carta a Pitocles, 89). Si hay átomos infinitos y espacio infinito, es razonable pensar que estos se combinan de maneras innumerables, dando lugar tanto a mundos similares al nuestro como a otros radicalmente distintos. No se trata de una tesis demostrada de forma concluyente, pero, como señala Epicuro, “no hay nada en la experiencia sensible que impida la infinitud de los mundos” (Carta a Heródoto, 48). ¿Pensó Epicuro en la existencia de seres vivos en otros mundos? Es posible, aunque la fragmentariedad de su obra impide una respuesta definitiva.
Aunque desconocemos con certeza la motivación exacta que llevó a Epicuro a postular el movimiento aleatorio de desviación atómica, o “viraje” (parenklisis), algunos intérpretes sugieren que lo hizo para fundamentar la existencia del libre albedrío humano. Gracias a esta desviación no determinista, el ser humano puede elegir entre distintas posibilidades y hacerse responsable de su vida, ya sea para alcanzar la felicidad o para caer en la desdicha.
La idea de que el universo es un todo compuesto de átomos y vacío en perpetuo movimiento se encuentra en la base de las concepciones metafísicas más elaboradas de Epicuro y de sus seguidores. De hecho, la ética hedonista epicúrea —que aspira a la ausencia de dolor— se nutre directamente de estas creencias, pues:
La imperturbabilidad consiste en estar libre de todas esas inquietudes y en conservar en la mente el recuerdo constante de los principios generales y fundamentales (Carta a Heródoto, 82).
Este tema, sin embargo, será el objeto de otro ensayo.
Referencias:
Cooper, J. M. (2012). Pursuits of wisdom: Six ways of life in ancient philosophy from Socrates to Plotinus. Princeton University Press.
Epicuro. (2012). Obras completas (J. Vara, Ed.). Cátedra. (Obra original publicada en 1995).
Lucrecio, T. C. (1744). De rerum natura.
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